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El A Dos sobre el canon digital se nos quedó ayer en A Uno, después de la supongo que perfectamente explicable espantá de quien iba a representar a los recaudadores del impuesto contrarrevolucionario que se nos viene encima. Salvo que me desmintáis, no creo que ningún oyente echase en falta esa catequesis parda que se gastan los que pretenden hacernos pensar, tal vez por la rima en consonante, que cultura es sinónimo de usura. La única pena de los novillos que nos hizo el garante de los presuntos derechos de los aún más presuntos autores es que no pudimos ver cómo se las maravillaba para despejar a córner los certeros balones de Javier De la Cueva, que a la postre, tuvo todos los minutos para transmitir su original oposición al diezmo. Pensaba servidor que cobrar a los recién casados por poner Paquito Chocolatero en el banquete nupcial era un absurdo insuperable, pero lo de hacer que los juzgados apoquinen un tanto por cada juicio que graban en cedé roza el delirio. Empiezo a barruntar que detrás de la riada de citaciones a que se enfrentan últimamente los políticos de por aquí arriba no están los que pensamos, sino la SGAE. ¡Con que les salga un bolo al año como el 18/98 ya tienen para amortizar todo lo que dicen que pierden por culpa del Emule y el top-manta!
A dos días del aniversario del comunicado en que ETA anunció, a través de nuestras ondas, por cierto, lo que llamó alto el fuego permanente, y mientras le doy vueltas a un posible texto para publicar coincidiendo con la fecha redonda, comparto con vosotros un artículo que me pidió Herria2000 Eliza para su revista. Hablo del papel que hemos desempeñado los medios durante este tiempo. Es todo vuestro...
El mismo 22 de marzo de 2006 me preguntaron cuál esperaba que fuera la contribución de los medios de comunicación a eso que, a falta de un nombre mejor, todos habíamos bautizado como El Proceso. Sin dudarlo, porque era un parcial que llevaba muy bien empollado, contesté que me conformaba con que no lo estropeasen... Es decir, con que no lo estropeásemos, en primera persona del plural, porque servidor también tocaba algún pito en esta fanfarria.
Hay una disyuntiva clásica que pretende establecer quién puede resultar más dañino: un malvado o un tonto. La respuesta correcta, opino humildemente, es que esas dos cualidades tienden a ir emparejadas, como las cerezas no transgénicas o los números de determinados cuerpos policiales, y por lo tanto, no hay desastre mayor que el causado por la estupidez bailando pegadita con la perversidad. La penúltima confirmación de los estragos que provoca este binomio letal me ha dado en los morros esta mañana al internarme a pecho descubierto en una de esas publicaciones digitales que huelen a guano de águila de San Juan desde lejos por mucho que traten de disimular embadurnándose el sobaco con desodorante en barra con efluvios a derecha civilizada. He aquí la deposición: La enseñanza del euskera también se financia con impuesto revolucionario.
A alguno de mis profesores rojetes del instituto se le ponían como escarpias los pelos de la barba de progre reglamentaria cuando les decía que, opinara Marx lo que opinara, la auténtica Lucha de Clases no es la bronca entre obreros y patronos, sino, como el propio sinónimo indica, la que se da en las aulas. Si mi inconsciencia adolescente llevaba la melena al viento ese día, llegaba a jugarme la asignatura señalando como opresores a los de encima de la tarima y como oprimidos, a los del gallinero de pupitres. El efecto de lo que yo entonces defendía como ejercicio de la dialéctica marxista era siempre el mismo: la amenaza de echarme de clase si volvía a abrir la boca, lo que a mi me servía para denunciar la falta de libertad de expresión que probaba mi tesis. Y claro, me iba a la calle.
Esta anécdota del abuelo Cebolleta que voy siendo ha salido del baúl de los recuerdos junto a otros episodios de aquellos no tan maravillosos años de la mano de la nueva entrega del Fórum Radio Euskadi, donde nos/os preguntamos, ahí es nada, cómo educamos a nuestros hijos.
Mi carnicero se conformó con torcer un poco el gesto cuando le conté que los filetes que corta como si estuviera ejecutando una delicadísima coreografía son torturados en mi sartén hasta quedar reducidos a la suela requemada y rezumante de benzoles nocivos que reclama mi maleducado paladar. Como nos ha ocurrido incluso a los que seguimos soñando a escondidas con un mundo donde la oferta y la demanda no se conozcan entre sí, mi proveedor de carne ha asumido la lógica del mercado, tan cruel como el trato que doy yo a su vianda de calidad suprema: el que paga, manda. En el momento en que ensucio con mis euros el prodigio artístico de la disección casi mística de la ternera gallega, soy libre para mancillar su creación. Y lo seguiré siendo mientras los únicos Calatrava que conozca el fino sajador de chuletas sean aquel par de hermanos que parodiaban a Domenico Modugno en Llora el teléfono. Si llega a saber de la existencia de un tal Santiago, de profesión arquitecto, estoy perdido. Nadie me libra de una querella por ataque a la propiedad intelectual.
Fernando Alonso es tonto - Fernando Alonso - 2008-11-14 02:18:56
Mudanza - JASONE - 2008-11-02 17:51:14
Mudanza (temporal) sin acarreo - Javier Martinez - 2008-10-31 20:09:28
¿Molan las ikastolas? - NIMAIL - 2008-10-10 00:07:39
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