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Vaya por delante que aprecio un buen txakoli o un navarro un grado por debajo de su temperatura ideal y que, en el colmo de la pijez, he acompañado unos tristes macarrones con un Reserva de Ramón Bilbao y una pizza traida en moto por un Tio Pepe que me regaló una oyente. O sea, que no es precisamente el puritanismo ni un sentido estoico de la existencia lo que me hace sentirme abochornado por la brutal campaña de apología de la cogorza por cuenta propia a la que he asistido en las últimas semanas. Y lo mejor es que quienes entonaban el elogio del mosto caducado no eran antisistemas adolescentes de rastas y perilla, sino trajeados padres (también alguna madre vestida de Loewe) de familia católicos residentes, como poco, en adosados.
Supongo que no hace falta explicar que hablo de los mismos individuos que surten la olla del Cocidito, que no por nada uno de sus argumentos favoritos para defender el pimple libre es que es una indiscutible seña de identidad española y que, por tanto, tras la ley que preparaba Elena Salgado se veía la mano separatista de rigor. En el mismo viaje, añadían que se trata de una costumbre inveterada, un rito ancestral que debía ser impenetrable para las leyes, que viene a ser lo que defienden los que tiran la cabra desde el campanario de Manganeses, los que practican la ablación a las mujeres y, hasta hace un rato, los que en La India quemaban a las viudas junto a las pertenencias de los difuntos. A partir de ahí, los juegos florales en honor a Baco seguían con esos estudios dizque científicos que demuestran que no hay jarabe como el de uva, lo mismo para el corazón que para los sabañones, para derivar casi siempre en la prueba del nueve religiosa: si lo consagran, por algo será.
Como a estas alturas soy capaz de leerles entre líneas incluso en Braille, puedo resumir en una idea su discurso, que en lo básico es la traducción de su ultraliberalismo económico al terreno de los usos sociales. La tesis es que, siempre que la botella cueste de doce euros para arriba, pillar una melopea y después despejarla en su cochazo de chopecientos caballos a doscientos por hora es practicar el sano ejercicio de la libertad individual. Lo demás es intervencionismo y botellón.
1. Soy el primero en admitir que me encanta disfrutar de un buen txakoli o un Rioja, pero también admito que una ley que regule el consumo y publicidad del alcohol es necesaria.
En las ondas de choque se estuvo diciendo que el gobierno deseaba acabar con la industria vitivinícola, argumento que luego el principal partido de la oposición tomó.
¿Si esta ley acabaría con la industria vitivinícola, no lo haría realmente con el resto de la industria de bebidas alcohólicas?. Yo creo que lo que es algo para la industria del vino no puede ser menos malo para la de la cerveza. Además, ¿alguien ha visto en la TV u oído en la radio anuncios de esos vinos que tanto se dice que van a desaparecer?, yo por lo menos no he visto u oído ninguno, ni siquiera en ciertas emisoras de radio desde que esta campaña apareció.
Publicado por: RPinzon - 23.02.07 11:39:32
Fernando Alonso es tonto - Laura - 2008-07-17 11:33:58
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